Aquí un texto de Javier Sicilia publicado en la Jornada Semanal el 11 de diciembre de 2011:
El 7 de noviembre, un día antes del encuentro que el poeta
Eduardo Vázquez nos había concertado, me llegó, como un dolor más, la noticia
de la muerte de Tomás Segovia. No sólo se había ido otro de los espíritus que
iluminan la oscuridad de nuestra época, sino también uno de mis maestros. No
pudo decirme lo que quería decirme, y yo, para mi tristeza, no pude escucharlo,
porque si de alguien deseaba escuchar algo sobre lo que el Movimiento por la
Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) está haciendo, era de él.
Tomás Segovia no era un poeta encerrado, como muchos, en su
torre de marfil. Era un poeta del deseo que, a diferencia de Luis Cernuda,
creía que se encontraba en la realidad misma. Marcado por el exilio español
como orfandad y destierro, la realidad del deseo fue su morada. No sólo lo
vivió con una profundidad poco común, sino que lo cantó, lo develó en sus
poemas, y a través de él pensó la vida e hizo una de las críticas más profundas
al poder y la historia. Tal vez fue Segovia, junto con Octavio Paz y Gabriel
Zaid, quien, como poeta, ha develado mejor las traiciones éticas de la
política. Sin embargo, fue él, y no Paz, quien recibió una carta pública del
subcomandante Marcos; fue también él, cosa que jamás habría hecho Paz, a pesar
de sus lúcidas lecciones sobre el papel revolucionario de la poesía, quien,
enfermo, empujado en su silla de ruedas por Margarita Capella, llegó, junto con
otros poetas, el 8 de mayo a la plancha del Zócalo a recibir al MPJD; fue también
él quien a sus ochenta años no dejó como poeta de simpatizar y de interrogarse
por lo que la emergencia de los nuevos movimientos sociales dice frente al
desmoronamiento del Estado y del Mercado. La profundidad de su deseo lo hizo
vivir todo y estar en todo para interrogarlo e iluminar las vertientes éticas
de la vida. De allí que su crítica no pueda ser clasificada de manera
ideológica. A pesar de que hacía mucho había dejado de verlo, pero no de
leerlo, fueron muchas las lecciones que recibí de él en este sentido. Me enseñó
el arte de la versificación, los secretos de la traducción y la profundidad de
la literatura que permite pensar y amar la realidad en muchos niveles; me
enseñó a pensar poéticamente a través de sus versos y reflexivamente a través
de sus ensayos; me enseñó la independencia creadora –lo vi construir con sus
manos una casa en Tepoztlán y lo escuché tocar espléndidamente la flauta
dulce–; me enseñó, por último, el sentido revolucionario que en su marginalidad
guardan el poeta y la poesía. Alguna vez, hace muchos años, me dijo: “El
romanticismo [por eso su última traducción fue la obra completa de Nerval] no
es una escuela, es la temperatura de la poesía. Ningún gran poeta moderno ha
escapado del romanticismo.” Los románticos, le dijo en 2005 a Eduardo Vázquez
en una entrevista, inauguraron “un cierto historicismo […], el de las vivencias
y la experiencia […] Un materialismo que no se interesa por las cosas
materiales […] sino por ‘la significación’, por el ‘valor’ de lo que ha sido valioso
o deseado […]; eran críticos de la objetividad que hizo perder el genio, por
eso se acercan a los lenguajes oscuros, como el religioso o el mágico, al
lenguaje de los que han sido proscritos por la razón: los locos, los niños, las
mujeres, los salvajes […] La rebeldía romántica es revolucionaria en la medida
en que reinventa los lenguajes oscuros”, los de los excluidos, los de las
víctimas del poder. Quizá sabía que eso revela el mpjd y quería decírmelo,
quería conversar sobre ese misterio de la poesía que se encarna en el espacio
político y que es la realidad del deseo, la experiencia humana de la
significación.
Me gusta pensar que habríamos hablado de ello. Me gusta
pensar también, en medio de mi dolor, que un día, en la luz del deseo del que
tanto supo, nos sentaremos, al lado de mi hijo y de todos aquellos que hemos
amado, a conversar, y sabremos que el fondo del deseo no era otra cosa que la
hermosa experiencia del amor que no dejamos de vivir y de expresar en la
historia como el más revolucionario de los actos.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San
Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino
de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la
Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar todos los presos de la APPO,
hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y
resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.

¡Te quedó bien bonito tu blog amor!
ResponderEliminarTe amo <3
Pd. El texto es fabuloso
Gracias mi vida! Te amo <3 Y sí, me encanta ese texto :)
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